Febrero de 2010
Amenazada por la caza, la contaminación y el cambio climático
Mientras que las morsas del Pacífico han recuperado sus poblaciones y soportan la caza de subsistencia, las atlánticas y siberianas no levantan cabeza desde que fueran esquilmadas para comerciar con el marfil de sus colmillos. Además, todas ellas son víctimas de la contaminación por tóxicos y del cambio climático.
Desde hace más de 4.000 años, los esquimales han temido y venerado por igual a un gigante de largos colmillos y bigotes blancos, un ser extraordinario al que respetan y atribuyen cualidades de su tribu: valor, sociabilidad, solidaridad y ternura. Es la morsa, el único representante vivo de los odobénidos “aquel que camina con sus dientes”. Con más de tres metros y medio de longitud y 1.900 kilos de peso, los machos son mayores que las hembras. Su cuerpo es hidrodinámico y está perfectamente adaptado a las gélidas aguas árticas. Tiene la piel muy gruesa, cabeza pequeña sin orejas, ojos saltones y un hocico prominente cubierto por 450 bigotes blanquecinos muy sensibles, ideales para detectar a sus presas que yacen enterradas en el sedimento marino.
Símbolo del Ártico
La morsa es uno de los emblemas más preciados del Círculo Polar Ártico. Vive en bancos de hielo, icebergs y costas rocosas con playas donde criar del Atlántico Norte, mar de Bering, Océano Glacial Ártico y Pacífico Norte.
Pacífica, tranquila y sociable, congrega en el mar a grupos de docenas de individuos. Si el tiempo acompaña –ausencia de viento y temperaturas superiores a 15º C–, manadas de cientos o miles se reúnen en ciertas playas en primavera y comienzos del verano, en plena estación reproductora y de partos. Si reinan fuertes vientos se alejan de la costa y se dispersan a unos 35 km mar adentro.
La densidad en algunas playas es excepcional, amontonándose unas sobre otras, buscando la seguridad y protección del grupo. En el apilamiento, los grandes machos y las mejores hembras se instalan en el centro. Los machos han desarrollado unos sacos faríngeos que hacen las veces de caja de resonancia, permitiéndoles emitir potentes llamadas y flotar sin riesgo de ahogarse al quedarse dormidos.
Migraciones erráticas
La búsqueda del alimento condiciona su vida. Invierte hasta el 80% del día en buscar comida bajo el agua, en apneas de unos 10 minutos, buceando en fondos arenosos de 100-150 metros próximos a la costa. Excelente nadadora, alcanza velocidades de hasta 35 km/h. Tras la pista de sus presas, la mayoría realiza desplazamientos erráticos que varían según la estación y los movimientos de las placas de hielo e icebergs.
Víctima del oro blanco
Además de osos polares y orcas, el hombre es su mayor enemigo. Durante milenios, morsas y esquimales convivieron en un ambiente equilibrado entre consumo y gasto de recursos. Los primeros esquimales mostraban su valor cazando una morsa con arpón, pero la presa era abundante y un animal temible que se defendía con uñas y dientes. Abatida, la presa proporcionaba reconocimiento social al cazador y una buena ración de alimento y recursos para todo un pueblo. Su carne eran proteínas, con su piel confeccionaban vestimentas y utensilios, su grasa era combustible, sus vibrisas mondadientes y el marfil de sus colmillos era trabajado para fabricar patines de trineos o gafas con las que protegerse de la reverberación del hielo.
Aunque el atractivo por la explotación comercial de su marfil arranca en el s. XVI, sus efectos negativos son evidentes bien entrado el s. XIX, especialmente en las aguas del Atlántico Norte. Los nuevos “cazadores” de morsas provocaron carnicerías para aprovechar su aceite y el marfil de sus colmillos que, a pesar de no tener esmalte, es casi tan apreciado como el de los elefantes.
En 1860, la media anual de exportaciones rusas de marfil de morsa fue unas 5 toneladas, lo que supuso la muerte anual de un millar de morsas, a las que hay que sumar las 300 cazadas por esquimales. Las capturas eran soportables; había caza y marfil para todos. A finales del XIX, la presión se disparó y en una década los rusos mataron más de 120.000 morsas. En 1880, la población mundial de morsas se había reducido a la mitad y en sólo dos años (1878 y 1879) un tercio de los esquimales del Estrecho de Bering perecieron por inanición. Su caza empezó a ser controlada y, a principios del s. XX, comenzaron a recuperarse. Pero en 1930, la antigua URSS asestó otro duro golpe: la caza anual de unas 8.000 morsas, actividad que continuó hasta 1969. Las morsas continuaron su declive y, en 1931, Canadá prohibió la caza comercial; EE UU haría lo propio en los 40. En los 50, la mitad de la población del Pacífico había desaparecido. Una década después, EE UU y la antigua URSS prohibieron sus capturas en mar abierto e impusieron estrictas cuotas en tierra. Entre 1975 y 1990, los censos aéreos constataron que la medida había surtido efecto en el Pacífico: había entre 201.039 y 234.020 morsas. La recuperación poblacional garantizó la continuidad de las cuotas para los aborígenes. Por el contrario, las capturas aumentan en las poblaciones del Atlántico. En 2005, WWF Dinamarca denunciaba que, a pesar de las recomendaciones para Groenlandia occidental de una cuota anual inferior a 50 morsas, entre 1997 y 2003 las capturas anuales habían superado los 350 ejemplares. Las cifras son insostenibles y, desde 2000, las cifras anuales de exportación groenlandesas se acercan a los 600. Hace un siglo más de 32.000 morsas vivían en las costas de Groenlandia y hoy hay unas 3.000.
Nuevas amenazas y retos
En las últimas décadas se han sumado problemas: reducción y desaparición de sus fuentes de alimentación, molestias en áreas de cría por el ruido de avionetas, barcos con turistas y exploraciones industriales. En los 70 surgió la puntilla: la pesca industrial de almejas. Esta industria puede ser un implacable competidor para un animal acostumbrado a comer cada día 27 kilos de almejas.
Además, científicos y conservacionistas han alzado la voz ante la gravedad de dos problemas globales de reciente aparición: la contaminación de su hábitat por sustancias tóxicas y el cambio climático. Al igual que otras especies árticas, las morsas también padecen niveles crecientes de contaminación por pesticidas. La contaminación por tóxicos ataca a su cuerpo y el cambio climático amenaza su hogar: el cambio climático provocará en este siglo aumentos en la temperatura media de entre 1’6 y 4ºC. La superficie ártica de hielo permanente se ha reducido en un 20% desde 1978; este ecosistema pierde un 7,4% de su hielo por década. En septiembre de 2008, los científicos anunciaban que el metano (gas con mucha mayor contribución al efecto invernadero que el CO2 y que fue almacenado hace miles de años en el hielo ártico) está empezando a liberarse, más rápido de lo previsto.
Las morsas aprovechan las placas de hielo a la deriva para descansar, parir y mudar; para ello, éstas deben tener un grosor superior a 60 cm que asegure que soportará su peso. Las morsas se están viendo obligadas a desplazar sus zonas de cría más al Norte, alejándose de los esquimales, que dependen de ellas para su subsistencia, lo que conllevará un aumento de la presión de caza hacia las más rezagadas. Además, al reducirse las placas de hielo algunas morsas van a encontrar dificultades a la hora de sacar adelante a sus crías, gastarán más energía para recorrer las mismas distancias y al pasar más tiempo nadando y en tierra firme van a ser más vulnerables a los ataques de orcas y osos polares.
Pieza clave en la dinámica polar
Gracias a la prohibición del comercio de su marfil, algunas poblaciones se recuperan, como la del Pacífico, pero a pesar de que aquí aún mantiene niveles poblacionales fuera del riesgo de desaparición y de que la UICN la considera en “Bajo Riesgo”, habría que actualizar el estatus de poblaciones (sin revisar desde 1996), como las morsas siberianas y atlánticas de Groenlandia. Según WWF Dinamarca, estas poblaciones deberían estar en la categoría de “En Peligro” o “En Peligro Crítico”. La tasa de renovación de la especie es baja, el desarrollo de sus crías lento y su madurez sexual tardía, las cuotas de caza propuestas empiezan a ser insostenibles y sobre la especie y su hábitat planean nuevas amenazas globales.
Tanto por su enorme biomasa, como por su importante papel en la oxigenación del lecho marino, la morsa ocupa un nicho ecológico irreemplazable. Al consumir gran cantidad de invertebrados enterrados en el fondo marino, nuestra protagonista remueve ingentes cantidades de sedimento. Con sus hozadas facilita la aireación, la oxigenación, la descomposición y el reciclaje de miles de toneladas de minerales y restos orgánicos que, de otra forma, y en un medio tan frío se verían arrastrados a una acumulación subterránea difícilmente aprovechada por la cadena trófica. La morsa contribuye así a reducir la insalubridad por acumulación de sustancias tóxicas y organoclorados. Además de un aliado natural, continúa siendo el sustento principal para comunidades de aborígenes que no pueden permitirse el declive de sus poblaciones. Las próximas décadas serán claves para el pinnípedo y para todos aquellos que respetan y aprecian a los grandes hielos del Ártico, un ecosistema único del que depende el futuro de la Humanidad.
La Morsa y WWF
Varias delegaciones de WWF colaboran con la mayoría de países de su área de distribución realizando estudios de campo y seguimiento de sus poblaciones. Como las oficinas de WWF Canadá y WWF Estados Unidos, que trabajan con el COSEWIC de Canadá y el U.S. Fish & Wildlife Services en el seguimiento de las poblaciones de morsas pacíficas y atlánticas. Desde 2003, WWF Dinamarca estudia la situación de las especies bandera del ártico groenlandés (oso polar, narval, beluga y morsa), analizando el impacto del manejo de sus poblaciones y la calidad de su hábitat.
Su Programa Ártico, su oficina en la ecorregión del Mar de Bering y las oficinas nacionales de WWF Noruega y WWF Estados Unidos, analizan el impacto de los tóxicos y proporcionan asesoramiento a los aborígenes de Alaska y Chukotka para que exploten sus recursos marinos de forma sostenible. WWF lucha por consolidar acuerdos internacionales, como el Protocolo de Kyoto y la implantación en Europa de una nueva legislación REACH, que mejore la seguridad de las sustancias tóxicas que producimos. Finalmente, mediante su red Traffic, controla el comercio del marfil de sus colmillos y financia las actividades y reuniones del Grupo de Especialistas en Focas de la UICN encargado de evaluar la situación de la especie.
Redacción: Isaac Vega