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El porqué del bazar en el bolso

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El porqué del bazar en el bolso

El porqué del bazar en el bolso

Decidí convertir aquella tarde gris en algo más divertido. Mi pasear aceleró su tempo. La caminata por la peatonal vía se convirtió en un andar rápido de alta velocidad física y psicológica. Caminar, sortear, mirar, y pensar y pensar en posibles estrategias. No podía dejar que el aburrimiento entrara. La mirada rápida y la celeridad física se convirtieron en ceguera al entorno. Y de golpe, nunca mejor dicho, encontronazo y choque.

Un tropiezo divino, ya que lejos de convertirse en una triste consecuencia aconteció una cosa de las que raramente ocurren. Aunque simplemente fue que con las prisas me llevé por delante a una persona y evité que se hiciera daño al caer, en esos instantes, me fui dando cuenta de que a quien ayudaba era a una preciosa señorita.

Encontré a alguien joven, de finas facciones, agradable anatomía y que con su fina voz me decía: “¡Ay! Perdone… estaba distraída y no me di cuenta que venía…”. Qué lejos estaba aquella frase del toque de atención que cualquier otra persona me hubiera dado. Con el incidente ipso facto mi cerebro dejó de buscar una solución a mi tarde. Podía ya tenerla entre mis brazos. Con disculpas no pedidas, marcando con ello una culpa manifiesta mía, adorné el choque con frases de atención y una tímida invitación como forma de auxiliarla... tomarse algo por si se encontraba mal…

La enmascarada pero clara indicación de deseo de que permaneciera conmigo mediante aquel ofrecimiento, fui respondido con el proceso que me la acabó de dibujar como una mujer madura, inteligente y no de fácil convencimiento: Casi imperceptible fruncimiento de cejas, repetidas afirmaciones de que se encontraba perfectamente, espacios cortos de silencio que denotaban pensamiento -valoración de la cuestión, suave y liviana sonrisa y finalmente respuesta… afirmativa. Pero no en forma de sumisión y aceptación obligada sino con maneras de exquisita educación, por su parte, hacia mí. “Bien, bien, no se preocupe, si tanto insiste me tomaré algo no sea que…”. Entramos en un agradable establecimiento muy cercano al lugar del tropiezo. Su paso de joven damisela, dúctilmente elegante, de finos andares confirmó su perfecto estado. Lo que se tomó ya ni me acuerdo por lo atento que estaba por ella.

La tarde había cambiado. Agradable entorno, perfecto servicio, y completa atención a aquella persona. El diálogo sobre su estado físico desapareció y pasó a los preámbulos de una clásica conversación…que si el tiempo, que si tanta gente…Viró a tímidas preguntas dirigidas a mí, en forma muy suave que denotaban actitud activa por su parte. Respuestas mías con preguntas algo analíticas. Punto. Limitó territorio citando encuentro que tenía “…de aquí a un ratito”. Se indagaba por ambas partes en el interés por la mutua compañía. El tiempo iba pasando hasta que sonó su entrometido móvil. “Disculpe, pero…Si… Sí dime… Ah. Bien…no te preocupes. Que no mujer…que no pasa nada… Ya lo tratamos eso otro día…Que sí,… ¿Cómo? ¿La semana próxima? Bien…sí creo que sí podré…Que no tonta que no que no pasa nada…ya verás como lo arreglamos… Vale, de acuerdo,…Ya te llamaré, no te preocupes. Hasta luego… Hasta luego, un beso.”. El móvil inmediatamente sonó de nuevo y saltó del bolsillo de su bolso… “Ay, perdone, ¿si? ¡Ay! Es verdad, no me acordaba… espera que lo apunto…”. Y… ahí empezó el desastre. Sí, sí han leído bien: El desastre. Con motivo de la búsqueda de una “pequeña agenda” comenzaba la extracción de lo que en principio parecía un simple bolso de una marea de objetos. La invasión progresiva pero implacable de la mesa por la variada gama de cosas iba haciendo desaparecer lentamente la posibilidad de invitación a una agradable y bonita cena. Mi adrenalina iba subiendo, el espacio disponible sobre la mesa seguía bajando; la agenda continuaba sin aparecer. Con el paso del tiempo, el agotamiento de paciencia y la creciente desaparición de encanto iban en aumento. S.O.S al camarero para que se retirara vasos y tazas. Mientras… caudal de objetos en aumento y diálogo telefónico sobre inconexos temas. La resistencia tocaba su fin. “¿No lo podrá apuntar en una servilleta de papel?”, desesperado me preguntaba yo. La incómoda situación era ya fatal: ¿Encanto? Ya no existía, ¿La situación? Era insoportable. La pregunta letal se acercaba “¡¡¿Y yo aquí qué demonios pinto?!! Pago de cuenta, índice sobre mi reloj como señal de explicación, gesto de “Lo siento pero he de irme”, forzada y falsa expresión de triste despedida. Y… pies para que os quiero. Desaparecí. Me volatilicé. Alguno pensará ¿y ella? Tranquilos, mi “princesa” no paró de hablar y de sacar objetos de su inagotable depósito, mientras yo me diluía huyendo. Se despidió con un guiño y no más. En la calle, surgió otra pregunta de irresoluble respuesta: ¿Las mujeres necesitan llevar medio mundo en el bolso para sobrevivir? ¿Alguna me podría responder a ello?, por favor…

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