En este día se conmemora, desde hace más de 100 años, la lucha de la mujer por la igualdad, en todos los ámbitos, con el hombre.
Susurrando en mi memoria, aparece el recuerdo, ya amarillento de un enorme y húmedo comedor, presidido por un crucifijo, donde flotaba un intenso aroma a desinfectante.
Sobre un plato de cristal, casi opaco de tantos lavados, una vez más estaban servidas esas solitarias judías verdes sobre un mísero aceite vegetal.
Una mano alzada y una enérgica amenaza sobrevolaba mi cabeza; consistía en no levantarme de la mesa hasta que no acabase con aquellas verduras que se deslizaban por el plato poco a poco, hasta ser engullidas acompañadas de pan y agua, en una masa insípida.
Con esta cruel tortura crecí, pero no dejé crecer el odio. Así se despertó en mí un gran interés por la cocina. Aprendí que las verduras eran un ingrediente más, al que había que tratar con cariño, dedicarle tiempo, cocinar, aderezarlo, combinarlo con otros alimentos para conseguir un resultado óptimo y que dejasen de ser para siempre un mal trago.
Y así viene la vida, a veces, como un insípido plato de verduras que cuesta digerir, que es difícil saborear, por lo que hay que tener siempre a mano los adecuados condimentos. La vida hay que cocinarla con cariño, con amor, dedicarle tiempo, combinarla con otros ingredientes, sazonarla, endulzarla en definitiva, condimentarla para conseguir que sea un plato exquisito.
Maribel Domínguez Duarte