En este día se conmemora, desde hace más de 100 años, la lucha de la mujer por la igualdad, en todos los ámbitos, con el hombre.
Las mujeres, durante mucho tiempo aisladas en la esfera de lo privado, donde las retenían las tareas domésticas y familiares, han ido ocupando poco a poco el espacio público y logrando interpretar otros papeles que los de madre y esposa, antes exclusivos, lo que ha provocado una redefinición de las relaciones en la pareja y la familia.
Durante el siglo XVIII, se reforzó la intención de encerrar a las mujeres, en la medida en que cobró importancia la función materna. El niño sé convirtió entonces en objeto de una atención creciente por parte de los hombres cultos. Los filósofos del siglo de las Luces se conmovieron ante la mortalidad infantil, hasta entonces aceptada con resignación -y no con indiferencia- por sumisión a la voluntad divina.
Los economistas preocupados por "la riqueza de las naciones", los juristas inventores del "derecho natural" y, sobre todo, los médicos, emancipados de la autoridad de los mayores y de la religión gracias al microscopio y a la disección, decidieron que todo niño concebido debía poder nacer y vivir en las mejores condiciones, ya que los cuidados recibidos siendo pequeño determinaban su salud física y moral en la edad adulta. Aquellos cuidados dependían ante todo de su madre.
El ángel del hogar
Las hijas de Eva, hasta entonces humilladas como pecadoras y subordinadas a los hombres, empezaron a ser veneradas como madres, al servicio de los niños. Rousseau dio el tono en el siglo XVIII. El amor materno, concebido como consagración total de la madre a su hijo, sé convirtió en un valor de civilización y código de buena conducta. Fue celebrado con lirismo durante todo el siglo XIX. Avalaba la teoría de las "dos esferas". Para el hombre la esfera pública, el trabajo profesional, la administración política; para la mujer, la esfera privada, el trabajo y la administración domésticos, los tiernos cuidados de cuerpos y corazones. Muchas mujeres, satisfechas de ser reconocidas en una función tan importante, aprendieron a comportarse como "mujeres de su casa", dignas y discretas. Hablar de sí mismas, pensar en sí mismas fue convirtiéndose en algo sin sentido, como los cotilleos entre "co-madres". Estas "hadas del hogar" se adueñaron con entusiasmo de este espacio de poder, al menos aquéllas (siempre minoritarias) que podían dispensarse de trabajar. El precio a pagar fue una dependencia que el Código Civil de Napoleón (1804) y las costumbres de la sociedad burguesa del siglo XIX estrecharon. El cabeza de familia era el amo en su casa: un tupido velo que protegía la intimidad de la vida familiar y escondía también ciertos abusos de poder.
Durante el siglo XX, se fue articulando el estado providencia (o del bienestar), que sé impuso junto al padre como cogerente de la familia. Los subsidios que instituyó, particularmente precoces y considerables en Francia, con los que los estadistas querían frenar la disminución de la natalidad, pretendían conseguir que las parejas se casaran pronto, engendraran sin demora tres o cuatro hijos, a cargo de la madre que se quedaría en casa para criarlos, mientras que el padre seguía siendo el único proveedor de recursos, tanto a través de su sueldo como de los subsidios estatales correspondientes. El sistema parecía irreprochable.
Los valores cambian
Sin embargo, el ángel del hogar -mito y realidad- empezó a declinar a partir de mediados del siglo XX, porque las mujeres salieron de la esfera privada. En todos los países accedieron a derechos civiles y políticos (las francesas en 1944). El acceso a la plena ciudadanía las invitaba a dedicarse a los asuntos públicos al lado de los hombres. Dedicación lenta al principio, pero que fue acelerándose a partir de los años 70.
La relación de las mujeres con el trabajo también cambió. La expansión económica de los "treinta gloriosos" (los años 1945-1975) multiplicó los empleos atractivos, con vacaciones pagadas, promociones, pensiones de jubilación, e incluso formación continua. Numerosas mujeres -amas de casa, ayudantas de un marido agricultor o artesano- empezaron entonces a trabajar a cambio de un sueldo, considerado más ventajoso que los subsidios. Pero como seguían estando, mental y materialmente a cargo de la casa, descubrieron los tormentos de la "doble jornada", agotadora y culpabilizadora. Al no conseguir ajustes de horario, redujeron el número de nacimientos. La despenalización de los anticonceptivos durante los años 60 y 70, y mucho más tarde del aborto, hizo posible dominar la fecundidad en toda Europa. Para las mujeres, participar en el desarrollo económico se había vuelto más interesante que asegurar la reproducción de la especie. Los nuevos medios de comunicación, radio y televisión, facilitaron la toma de conciencia colectiva de este “trastorno” de las costumbres.
Esto explica que cambiaran los valores. Para las feministas de los años 70, el trabajo doméstico era una escandalosa explotación de las mujeres por los hombres, el matrimonio y la maternidad trampas terribles, las "hadas del hogar" cómplices inconscientes del patriarcado. Este planteamiento conquistó rápidamente a las mujeres de todos los sectores, incluso los conservadores. Su nueva imagen de referencia fue la superwoman independiente, que se ganaba la vida y disfrutaba de una actividad profesional a su gusto. La maternidad no se justificaba más que como una realización narcisista del yo femenino; la casa no era más que un lugar de descanso. La vida privada de las mujeres se individualizó.
Este nuevo modelo desvaloriza la vida en pareja. No por ello renuncian las mujeres independientes a las relaciones sexuales, ni a tener niños. Pero no todas tienen los medios de asumir estas opciones. Las más pobres plantean un grave problema social: ¿quién debe criar a su(s) hijo(s)?. Las que tienen recursos sienten a veces trastornos mentales ligados a la soledad, y siguen soñando con el príncipe azul (véase La femme seule et le prince charmant, de J. C. Kaufmann). Por su parte, las esposas no aceptan fácilmente los abusos de poder de los maridos: cada vez son más numerosas las que, maltratadas, engañadas o simplemente decepcionadas, piden y obtienen el divorcio, accesible gracias a las leyes recientes. Pero, ¿cómo sacar adelante la "coparentalidad"? ¿Qué lugar le corresponde al padre?
¿Hacia un nuevo equilibrio?
Los poderes públicos de todos los países, preocupados por la disminución de la natalidad, el paro, la delincuencia y la falta de civismo de los jóvenes, intentan rehabilitar la imagen de la familia. Al no poder enviar a las mujeres a sus casas, tratan de ayudar a las parejas a "conciliar" vida privada y profesional. Las soluciones varían. Los países del norte de Europa, individualistas, dan preferencia a los derechos del niño: desarrollan tanto guarderías colectivas como permisos pagados para los padres -y no sólo para las madres. Los países del sur protegen a la familia y cuentan con la solidaridad entre las generaciones con abuelas que se ocupan de los nietos. En Gran Bretaña y Alemania, el trabajo de las jóvenes madres sigue estando muy mal visto. En Francia, el estado esbozó una "política del niño" a principios de los años 80, pero la consideró después demasiado costosa; actualmente está experimentando con subsidios pensados para que los jóvenes padres (en realidad, las madres) se queden en casa, o contraten a niñeras.
Pero la recomposición de la vida privada no depende tan sólo de medidas gubernamentales. Los padres están empezando a lamentar el estar demasiado a menudo separados de sus hijos. Las madres cansadas les invitan a repartir mejor los cuidados y la educación infantiles. Recientes estudios de antropología, sociología y psicología tienden a rehabilitar las tareas domésticas, revelando su dimensión educativa y estructuradora. El más modesto de los hogares constituye un lugar de identificación y apego para los que lo habitan,. También es el marco de relaciones privilegiadas. ¿Es posible que pronto se invente una nueva vida privada para las mujeres?
Joan Cintero Director Institute Gestalt Barcelona. www.gestalt-bcn.com