En este día se conmemora, desde hace más de 100 años, la lucha de la mujer por la igualdad, en todos los ámbitos, con el hombre.
Hoy se cumplía un año. Doce meses exactos de días iguales, grises, monótonos. Hacía un año exacto que su marido había abandonado el hospital tras un aparatoso accidente de tráfico. Quizá uno más para las estadísticas, para los médicos, pero el único y terrible en la vida de aquel matrimonio.
Desde entonces, su casa olía a medicina rancia, a enfermedad, como sólo huele la desgracia. El hombre que fue su gran amor, se lamentaba por su mala suerte, clavado en una silla de ruedas. La fatalidad de una colisión frontal entre dos vehículos marcó la vida de ambos. Ella no viajaba en aquel coche, pero su día a día había cambiado tajantemente, de golpe, sin avisar, sin ni siquiera presentirlo.
Un castigo divino, llegó a pensar. ¡No! El Dios en el que creían no era capaz de enviarles semejante situación. Resignarse era lo único que podía hacer. Resignación, conformidad y cuidar de su marido con todo el amor que era capaz.
Aquel hombre fuerte, tanto de carácter como de físico; demasiado joven para ver pasar la vida postrado en una silla de ruedas, inmóvil y demasiado viejo para auto engañarse con esperanzas, aceptando todo aquello.
El era un trabajador nato, acostumbrado a maratonianas jornadas laborales. Jamás estuvo ocioso. Ahora luchaba continuamente contra el hastío y el aburrimiento; mientras su mujer le limpiaba la saliva que se le escapaba por la comisura de los labios, exteriorizando su tragedia que con gritos y órdenes que chocaban contra ella continuamente.
Cada mañana su abnegada esposa le colocaba la sonda, le aseaba y cocinaba alimentos para él, destinados a ser despreciados.
Soportaba aquella desgracia ajena pero compartida a partes iguales. Y callaba. Callaba y sufría sin hacer ruido, con mucho amor. Estiró sus doloridos riñones. El cansancio se dibujaba en su rostro. Cuánto dolor ahogado en silenciosas lágrimas maquilladas de un optimismo simulado. Ella representaba un papel infravalorado; tanto que alguna vez deseó ser ella la tetrapléjica y descansar de aquella pesada carga impuesta. Al rato, se sentía culpable de tener aquel pensamiento y lo reemplazaba por otro más bello, pues siempre hay un tiempo para soñar, como siempre hay una primavera tras un crudo invierno. En su sueño no estaba cansada. Era la bella mujer de antes. Su marido y ella reían. Reían por todo y se abrazaban muy fuerte. Paseaban al sol. Algo cotidiano y simple se había convertido en un sueño difícil de alcanzar.
Un grito salió de la habitación. Aquella imagen y el descanso desapareció como una pompa de jabón. El marido necesitaba sus cuidados otra vez. Y aquella pareja volvió a su nueva realidad.
Maribel Domínguez Duarte
Septiembre 2010