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Veranos y pompas de jabón

Junio de 2009

Un relato de Maribel, nuestra socia nº 1967 

 

Hubo un tiempo en que las vacaciones de verano empezaban  a finales de junio y acababan con la vuelta al cole en septiembre. Se respiraba felicidad y todos los niños nos pasábamos el día jugando en la calle, en el parque. A la pelota, a la goma, a la cuerda, al escondite...

 

Ir a la piscina municipal era una fiesta. Nadie tenía piscina en su urbanización. Ese día había que aprovecharlo a tope. Cargábamos con la nevera, la silla y la mesa y  lo pasábamos genial. Qué cansancio al día siguiente... Cómo me gustaba nadar... Cómo me gustaba tirarme a la piscina...

 

Más que de piscina, mis primeros "largos" fueron en el río.

 

Casi todos los fines de semana desde el comienzo de la primavera hasta que entraba el otoño, pasábamos el día en Torrelaguna, un pueblo de la provincia de Madrid que tenía un buen río. Era tan grande que hasta nos cubría... A veces se acercaba gente a pescar. Toda la familia, mis tíos, mis padres, mis primos y yo nos subiamos a un coche tipo ranchera, (creo que un 124 de color azul marino) cargada de comida y de neveras para pasar allí el día.

 

Hacíamos paella, que sabía riquísima. Mi madre decía que era por el fuego de leña. Comprábamos el pan en el pueblo. También era diferente, estaba caliente y muy bueno. El sol nos curtía la piel, teníamos buen color aunque a veces no picaban los mosquitos. Era lo normal en esta época de año. Mis rodillas y a veces mis codos, cubiertos de costras curadas con mercromina, de las caidas. Era lo que tenía estar todo el día en la calle.

 

Así eran mis veranos: piscina, nadar en el río, montar en bicicleta, jugar en la calle a la goma, a la cuerda, al escondite, al rescate, globos llenos de agua, pompas de jabón hechas con una pajita y con agua y mistol...

 

Y mi madre en casa, cuidando de mí. Como todas las madres. Muchas noches bajaba a la calle, al parque y mientras las niñas jugábamos, las mamás charlaban de sus cosas. Qué bien se estaba en verano de noche, jugando en la calle. A eso se le llamaba "tomar el fresco". En casa hacía demasiado calor y al día siguiente nadie tenía prisa por madrugar.

 

Quizá por todo aquello a mi me sigue alegrando el verano, quizá por eso, desde entonces, no he dejado de nadar, me encanta el ciclismo y añoro bañarme en un río.

 

Ahora los tiempos han cambiado.

 

Cuando llega junio todo el mundo se plantea la misma pregunta ¿qué hacer con los niños durante los meses de verano? Padres y madres trabajamos. Se tienen sólo 30 días de vacaciones , excepto casos contados, incluso menos si ya has disfrutado algún día en periodos de vacaciones escolares como Semana Santa o Navidades, o aquella vez que el niño o niña estuvo malo. No nos cuadran las cuentas, ni cogiéndonos las vacaciones por separado.

 

A muchos niños en vacaciones le cuidan los abuelos, pero teniendo en cuenta que cada vez las mujeres parimos más tarde, los abuelos no están para cuidar de sus nietos, por no hablar de los que ni tenemos abuelos.

 

La Administración tampoco da ninguna alternativa productiva. Si bien existen colegios públicos donde acudir en verano, las plazas son limitadas (casi siempre ocupadas por quien menos ingresos tiene) y el horario comienza a partir de las 9.00 de la manaña.

 

El sector privado, campamentos, escuelas de verano y demás son carísimas, no están al alcance de la mayoría de los bolsillos.

 

Ante este panorama tan desolador, llega junio y me echo a temblar. Te sientes culpable de trabajar. Te dan ganas de abandonar el trabajo, pero no puedes. Para la mayoría eso es una utopía, la hipoteca y demás facturas no se pagan solas.

 

A eso hay que añadirle el creciente desempleo y el futuro laboral incierto que todos tenemos.

 

Cómo han cambiado los veranos.

 

Sólo siento que mi hijo y los de su generación, no vivan los veranos que yo viví.

 

Pido que el verano no sea sinónimo del problema de dónde colocar a los niños e intentaré, por todos los medios, no transmitir a mi hijo esta angustia. Que los niños no piensen que son eso: un problema en verano. Nos queda mucho por evolucionar y tenemos que luchar por cambiar esta sociedad que nos ha arrastrado a trabajar demasiadas horas.

 

Como mujer trabajadora, que se ha integado en el mundo laboral, ruego que ese mundo laboral respete la familia y que la conciliación familiar y laboral, esa que no existe, empiece a existir incluso en verano.