En este día se conmemora, desde hace más de 100 años, la lucha de la mujer por la igualdad, en todos los ámbitos, con el hombre.
Como decía Houdetot, en amor, la autoridad corresponde por derecho propio al que ama menos. Nada más cierto en el caso de las separaciones, normalmente unilaterales, que se producen en el seno de la pareja. Suele ser uno de los dos miembros el que decide poner fin a la historia y al otro, no le queda más remedio que aceptar con resignación una realidad que no quiere vivir pero que, de una manera u otra, debe acatar de manera casi impuesta. De nada sirve retener a quien ya no ama. Yo siempre suelo decir que, en caso de poder producirse una reconciliación o querer recuperar a la persona amada, si alguien decide abandonarte aunque no sea lo que tú quieres, paradójicamente debes dejarlo marchar.
Son muchas las personas que acuden a las consultas de los psicólogos para poder superar una separación, porque los propios recursos o ciertas actitudes disfuncionales entorpecen el proceso de recuperación y de adaptación a la realidad. Las cuestiones que atienden al corazón difícilmente pueden guiarse por la razón, pero también es cierto que las emociones, mal llevadas, dificultan enormemente el poder rehacer la vida y refuerzan y fortalecen el temido enganche emocional que impide que la separación pueda llevarse con normalidad, a pesar de ser dolorosa, para el que debe renunciar a quien sigue queriendo porque éste ha dejado de amarle.
Las desavenencias de pareja en la convivencia, la discrepancia en los valores, la evolución distónica de cada uno de los miembros y la incidencia de la legalización del divorcio parecen ser algunas de las causas que facilitan que una pareja decida separarse finalmente. La dificultad para poder solucionar los problemas y el estancamiento en dinámicas destructivas acaban en el temido desamor, antesala del fracaso en la vida de pareja.
La separación es una experiencia vital traumática, tanto para quien decide poner fin como para quien debe resignarse a aceptarlo. Implica pasar por un proceso de duelo ante la pérdida de un ser querido y, en el caso de quien no quiere terminar con el vínculo, las dificultades psicológicas se unen a todo el doloroso y fatigoso componente jurídico y económico que acompaña a la disolución de la relación. Se alientan los miedos y los temores, fruto de la inseguridad producida por la pérdida de un pilar emocional importante en su vida, y se desencadenan una serie de conductas improductivas y dolorosas que sumen a la persona afectada en un auténtico calvario emocional.
La labor del psicólogo en esta etapa es la de dar soporte emocional a quien está pasando por una verdadera crisis, pero psicoeducarla, al mismo tiempo, en la adopción de ciertos recursos y herramientas que faciliten la aceptación de la realidad, por muy triste que pueda ser.
Entre las actitudes más destructivas se encuentra la dependencia o enganche emocional que boicotea el proceso de superación de la pérdida, ya que la persona se niega a aceptar que quien ha compartido su vida durante un tiempo determinado haya decidido iniciar un nuevo rumbo sin contar con ella. En este sentido, uno de los principales objetivos es la consecución del desenganche emocional para que se aprenda a dejar de amar a quien ha significado tanto para uno. Como bien afirman las eminentes psicólogas Carmen Serrat-Valera y Miren Larrazábal, autoras de Adiós Corazón (Alianza Editorial), dejar de amar es un doloroso proceso. Pero de la misma manera que hemos aprendido a amar podemos aprender a olvidar ese amor. Ésta es la premisa básica para una superación productiva y adaptativa.
El patrón de relación establecido desde esta concepción se caracteriza por una necesidad casi enfermiza de querer permanecer junto al otro y un intenso temor a su pérdida, cargado con altos componentes de ansiedad que esconden el miedo al abandono. Son personas con un apego excesivo hacia su pareja, con actitudes de admiración exageradas que les llevan a idealizar al otro, de manera que adoptan actitudes tales como la sumisión y la distorsión de la percepción de la realidad de la persona a la que aman, convirtiéndola en el príncipe azul o la princesa del mejor cuento de hadas. Todo ello se convierte en el peor de sus enemigos cuando la relación se disuelve.
La única manera de poder subsanar todo este desastre es la reeducación emocional a través de la psicoterapia de aquellas personas que padecen esta necesidad afectiva, a través del autoconocimiento y el refuerzo de la autoestima. Deben incorporar nuevas estructuras mentales que sustituyan las creencias erróneas que se esconden tras la necesidad de permanecer al lado de su pareja (sustituyéndola por el deseo de superación sin estar junto a la persona amada) y por la fijación de metas personales alternativas al proyecto de pareja. El gran peligro que corre este patrón relacional es que suelen verse sus efectos a largo plazo ya que, al principio y durante un tiempo, quien es pareja de un dependiente emocional, lejos de verse agobiada y ahogada, experimenta la sensación de ser querida sin límites y aceptada en su totalidad, cuando en realidad está abonando el pago de una factura muy alta confundiendo amor por necesidad sin límites, admiración por subordinación y fidelidad y lealtad con un temor excesivo a ser abandonado. Cuando la profecía auto cumplidora se desencadena y el dependiente emocional ve que finalmente, el ser querido la abandona, entra en una especie de cruzada personal absolutamente improductiva que, lejos de poder permitir la recuperación del ser amado, convierte la separación en un proceso tortuoso.
Es importante que la persona se aleje de todo aquello que le recuerda su relación anterior, que frecuente nuevos ambientes, que se abra a nuevas experiencias, que recupere aficiones que dejó abandonadas en el cajón de los recuerdos y que no se aferre a creencias erróneas como pensar que con el tiempo las cosas se arreglarán o que, por el contrario, nunca llegará a encontrar a nadie a quien pueda querer tanto ya que, lejos de fomentar la superación del trago y la asunción de cierta independencia personal, la anclan al pasado sin posibilidad de proyectarse hacia el futuro de manera positiva.
Así pues, como prevención a una posible separación posterior, deberían construirse relaciones desde el deseo no desde la necesidad, y desde la aceptación de que incluso el ser amado tiene sus limitaciones y a pesar de ello, lo aceptamos porque aceptamos que nosotros mismos también las tenemos. De este modo, en caso de producirse la disolución del vínculo, se facilitará mucho más la aceptación de la nueva realidad.
Las mencionadas autoras hacen hincapié en la necesidad de identificar, en primer lugar, qué tipo de pensamientos disruptivos pueden favorecer la aparición del enganche emocional o cronificarlo en el tiempo. Recomiendan trabajar sobre ellos a través de la discusión que permita sustituir los pensamientos boicoteadores por otros pensamientos realistas, que faciliten emociones adecuadas para hacer frente a la situación. Desidealizando a la persona amada que ha decidido poner fin a la historia, se consigue poner los pies en el suelo para poder iniciar el trabajo que acabará irremediablemente en la aceptación madura de la separación, y permitirá a la persona poder valerse de manera independiente y adquirir la motivación suficiente que aliente la asunción de nuevos proyectos vitales. En definitiva, que rehaga su vida. Argumentan que dedicarse a un proyecto vital personal e independiente proporcionará una sensación de plenitud y felicidad que difícilmente serán compatibles con el estancamiento en el pasado y la dificultad de la superación del problema. Quizá no todo acabe con la separación, sino que más bien puede llegar a convertirse en el inicio de algo, cuanto menos, nuevo e interesante. No en vano, suele decirse que cuando se cierra una puerta, suele abrirse otra.
Sònia Cervantes Pascual
Psicóloga, Terapeuta sexual y de pareja