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Me he sentido agradecida con la vida y con quién soy, creo que fundamentalmente gracias a la madre que he tenido. Su visión particular de las cosas, su capacidad de desdramatizar, su visión global de las múltiples posibilidades que tiene cualquier camino me ha permitido afrontar la vida fundamentalmente con optimismo. Leía el domingo en algún dominical, una sentencia que decía, sin poca razón, que de los padres heredamos lo mejor y lo peor. Seguro que de mi madre también queda en mí lo peor, pero quiero hablar de lo mejor, porque suma mucho, estoy convencida.
Me viene a la mente un momento vital:
Despuntaba el año 91, yo cumplía los 18 años y se me metió en la cabeza cruzar el charco. Así que mi madre, dispuesta siempre a no ponerme "palos en las ruedas" y sin hacer de aquello ningún drama, llamó a unos amigos en Estados Unidos, me compró un billete abierto, y después de repetirme hasta la saciedad que no perdiera de vista mi equipaje de mano, y que no cogiera ningún paquete de desconocidos, me embarcaba en un vuelo de la TWA camino a NY. Encantada de viajar a EEUU, la modernidad, el país del pop, de los videos de los Jackson, disfruté de las 9 horas de avión, de ver Pretty Woman y hasta la comida entonces no me pareció tan mala. Pero la realidad me decepcionó casi al poner los pies en el suelo, llegué a un país que sin más se atrevió a invadir Irak, enviar a sus tropas en respuesta a la previa invasión al emirato vecino Kuwait. Por la calle veías a gente llorando, madres de jóvenes soldados o a los propios soldados que nunca pensaron que irían a un frente tan lejano cuando se alistaron al ejercito con la única idea de poder estudiar mientras cobraban un sueldo del estado. Tormenta del desierto fue para mí tormenta de valores. Los Jackson de golpe me parecían menos modernos, la NBA ya no me quitaba el sueño y mi condición de europea me hacía ver la vida de otra manera. No entendía, por más que me lo explicaran de todas las maneras, que el hecho de luchar por el petróleo diera licencia para matar. Mil veces me dijeron que hasta los Levi's están hechos de petróleo, así que casi consiguieron que odiara los tejanos, antes que entendiera la guerra. Me sentí tan feliz cuando volví a casa, huyendo de aquel aeropuerto medio sitiado, y tan privilegiada de volver a nuestro país en paz, donde todavía disfruto de la vida.
Así, privilegiada, mi madre me había hecho sentir muchas veces en la vida. Cuando no quería comer la comida que me esperaba en la mesa (algo muy frecuente en mí aunque hoy parezca mentira) ella siempre me recordaba lo afortunados que éramos de tener un plato en la mesa, a diferencia de tantos que morían - y siguen muriendo- de hambre cada segundo. Cuando la adolescencia me hacía quejica e insoportable, ella me recordaba que tenía todos los órganos de mi cuerpo, sus extremidades y hasta un cerebro que me permite aprender, leer, ver, disfrutar y soñar con el próximo viaje. Para cada queja que le he planteaba en la vida, ella la resolvía con un "tranquila" y sus mil argumentos para ser feliz. Siempre positiva, me enseñó que la vida está en las cosas pequeñas. Que la riqueza está en disfrutar de los amigos, de un día de playa, de una gincana. Que no hay ostentación que supere una tarde de risas, unas fotos, llamar a mis chicas para tomar el té. Siempre ha celebrado por todo lo alto mis pequeños triunfos en los estudios, en el carnet de conducir, en mis viajes y hasta en los éxitos en pareja, aceptando y respetando sin reproches también mis fracasos sentimentales.
Me enseñó también a compartir, quizás demasiado. Recuerdo una mañana en la estación de Francia, que se empeñó en que les dejara mi Nancy negra a los hijos de unos turistas ingleses a los que ella estaba guiando, para ver estupefacta, como la descuartizaban en tan solo unos minutos. El drama que para mí supuso no tenía explicación para mi madre, que veía miles de muñecas nuevas en las tiendas, que podían sustituir a mi Nancy. Y a eso se sumaron visitas a los ancianos de Hogares Mundet, conocer la labor del Cotolengo del Padre Alegre. Siempre me recordaba que había gente de verdad necesitada, que mis problemas no eran tan grandes y que seguro que había mil misiones en las que podía echar una mano, si no encontraba manera de darle sentido a mi vida.
No digo con esto que fuera la madre perfecta, también hubo carreras zapatilla en mano con refugio a tiempo bajo la mesa del comedor. Y discrepancias por la ropa que llevaba al instituto. Incluso enconadas diferencias por la hora de llegar a casa durante el fin de semana. Pero salvados esos momentos de máxima tensión, ella siempre me hizo sentir lo feliz que era de ser madre.
Hoy me toca a mí, reproducir lo mejor y superar lo que pueda, de los 34 años que he disfrutado de ella. Me toca hacerle sentir a mi hijo el privilegio de ser madre. La mayoría de los días no es muy difícil, porque si durante 34 años he visto la vida a través de los ojos de una mujer positiva, hoy los veo a través de un duende de las risas. Pero también hay momentos que retan a mi sistema nervioso, en que la comida sale disparada contra el suelo y preferirías tener un perro a tener un hijo. Como decía no hace mucho Lucía Etxebarría, "no somos madres perfectas", pero hoy puedo deciros, sobre todo por la madre que he tenido, que vale la pena sobretodo ser madres felices.
Quiero que hagamos una pequeña reflexión de los valores que trasmitimos a nuestros herederos. Ellos ya reciben miles de mensajes publicitarios, miles de órdenes de lo que deberán comprar, lo que deberán necesitar y hasta lo que les deberá gustar. Pero nadie va a sustituir la enseñanza que como padres podemos dar, de los intangibles, de qué nos llena el espíritu, de que llena nuestra vida a parte de las metas y de los objetivos. De en que se queda el hombre cuando deja de competir. De cómo se disfruta de la naturaleza, de una puesta de sol, del silencio. Nadie va a sustituirnos, si no ejercemos de padre. Por eso en este número hablaremos como siempre a las mujeres, pero un poco también a los padres, desde ese papel vital de ser padres.