Os presentamos un nuevo concurso para todos aquellos que queráis ganar el libro de la editorial OB STARE El nacimiento en la era del plástico, un libro del Dr. Michel Odent sobre cómo el plástico ha re...
Decía Milan Kundera que "el sexo no es el amor, es sólo un terreno que el amor se apropia". De antiguo y por razones más que interesadas (que prometo abordar un día), hemos hecho de la puesta en práctica de nuestra condición de sexuados una narración del encuentro de dos seres enamorados. Y el sexo, que bastante tiene con lo suyo, se ha convertido en un medidor de la erosión y del desgaste emocional en las parejas de largo recorrido.
Asociar la menor interacción sexual en una pareja con una pérdida de afecto entre los miembros emparejados es conceptualmente falso, además de peligroso.
Es intrínsicamente falso porque la interacción sexual no es sólo un sentimiento, es, sobretodo, un acuerdo. Un consenso que forma parte de la multitud de acuerdos culturales que se establecen dentro de la microsociedad que llamamos pareja (desde cuándo ir al teatro hasta establecer quién pasea al perro). Es, además, falso porque la interacción sexual entre dos miembros es, en su sentido más orgánico, un análisis de compatibilidades bioquímico, necesario para conocer las afinidades y de cuyo juicio valoraremos la viabilidad de establecer ese gran pacto de convivencia. Cuando nuestra pareja, nuestro amado, ya ha sido "enjuiciado", disminuyen, inexorablemente, las vistas, las sentencias, las togas, las pelucas blancas y las noches de pirotecnia fallera.
Y es peligroso porque el famoso y mortificador adagio de "ten cuidado con lo que deseas porque puede hacerse realidad" es más cierto con el retoque: "ten cuidado con lo que temes porque puedes hacerlo realidad". Porque eso, lo que tememos, es muy posiblemente lo que vaya a ocurrir, sólo porque nosotros vamos a sentar las bases para que ello ocurra. Los humanos, incluso los franceses, somos así. Interpretar indefectiblemente una disminución en las relaciones sexuales dentro de la pareja como un temido desapego emocional es más que probable que acabe produciendo ese desapego.
Además, ¿cómo valoramos el que se produzca una disminución de nuestras relaciones?, ¿con relación a qué? ¿Al número de veces que lo "hacíamos" cuando nos conocimos? ¿Al número de veces que dicen que hay que "hacerlo" las estadísticas? ¿Por el número de veces que nosotros o nuestra pareja lo "hacemos" con amantes ocasionales? No, los análisis comparativos sólo son útiles entre variables semejantes y lo único semejante a una pareja es una pareja en el momento del análisis.
Los cuentos de hadas acaban con un beso pero no cuentan nada del "después", tras el "colorín, colorado". Nada sabemos de lo que sucede con la limpiadora metida a monarca consorte por un quítame allá un zapato, o con la de tez pálida que frecuenta los enanos y come lo que no debe, cuando es ella la que deba levantar del sopor al príncipe. Cuentos, demasiados cuentos. El que confunde los cuentos de hadas con la realidad, además de sufrir mucho, olvida algo, ya de por si olvidado; el ejercicio de la "cultura de pareja", en la que la experiencia, la capacidad de interpretación y la inteligencia sustituyen los milagros y los batracios que esconden cosas.
Si tenemos que enjuiciar el estado emocional de una relación, que no sea la frecuencia sino el nivel de acuerdo en la periodicidad de nuestras relaciones el que dicte sentencia. Y si añoramos algo que sepamos lo que es; si es el amado o es una edad perdida, un "chute" bioquímico o que nos lean un cuento de duendecillos verdes.
Decía Milan Kundera: "El amor no se manifiesta en el deseo de acostarse con alguien, sino en el deseo de dormir junto a alguien". Dormir, eso sí que requiere talento.
Valérie Tasso
www.valerietasso.com