En este día se conmemora, desde hace más de 100 años, la lucha de la mujer por la igualdad, en todos los ámbitos, con el hombre.
Escribía Philip Roth la siguiente sentencia; “Miserias y esplendor del preservativo; ahí está la historia sexual de la segunda mitad del siglo XX”. Efectivamente, el preservativo ha sido, y sigue siendo, el Armagedón, el campo de batalla apocalíptico, donde se enfrentan las fuerzas del Bien y del Mal, en su lucha por hacer de nuestra sexualidad una condición humana a extirpar o a gestionar.
Los de la mortificación, la emasculación y la abstinencia (entre los que, anuncio ya, no me encuentro) ponen en duda su eficacia y argumentan, implícitamente, que aprobar dicha eficacia no sería más que darnos, a los pecadores, patente de corso para la entrega al libertinaje más concupiscente, olvidándonos de la función única que ellos dan al ejercicio de nuestra sexualidad, la reproductiva (nunca he sabido porqué al tener hijos lo llaman “reproducirse”, pues uno no reproduce y menos en reflexivo; uno, junto a otro, en todo caso, “crea” o “produce”) Cuando, por ejemplo, la Iglesia, esa institución moral que representa exclusivamente los intereses de la Iglesia, lo condena, lo hace presuntamente por su carácter “anticonceptivo” (olvidando quizá, que el método anticonceptivo más eficaz y menos “natural” es la total abstinencia que ellos mismos proclaman), aunque a nadie se le escapa que el verdadero motivo es que cuando usamos un condón, es porque lo estamos usando… Cuando los grupos asociados a este planteamiento “redentor” cuestionan desde posiciones digamos “patafísicas” la eficacia profiláctica de la gomita, a nadie se le escapa tampoco que el verdadero motivo es el mismo; que mientras usamos el condón, es porque lo estamos usando… Mientras, los demás, los que no renegamos de ser humanos y hablamos y nos acariciamos y no asociamos el sexo a la agresión ni su uso a una pérdida de humanidad sino a una ganancia de ella e intentamos hacer de la vida un lugar de formación y no de perdición, vemos en el condón un utilísimo aliado (además de una manera de callar la boca a los que quieren hacer de nuestra “salvación” su terrenal sustento).
Anticonceptivo y profiláctico, su valor en ambas tareas, entre un 97-98% de eficacia en la contracepción y entre un 95 y un 96% en la prevención de las ETS (cifras que aumentan en el condón femenino) convierten el uso del condón en sus múltiples variantes (masculino, femenino y anal) en un atributo de madurez, respeto y conocimiento en el amante ocasional (valga esta valoración para los jóvenes; si vuestro/a amante lo emplea es sinónimo de que sabe mejor lo que va a hacer y es, por tanto, mucho más probable que encuentre el clítoris o sepa lo que es glande).
Sobre el que su colocación puede coartar cierta espontaneidad y cierta “inmediatez” (que en el sexo suele ser más un handicap que una virtud), deberíamos recordar que también lo hace el tener, por ejemplo, que bajar los calzoncillos o desabrochar un sujetador, sin que por ello dejemos de hacerlo, y el ritual de colocar un preservativo puede formar perfectamente parte de esos estímulos eróticos suplementarios que conforman una interacción sexual.
Y, por lo demás, los demás también sabemos aquello que dijo un cachondo: “Es falso que el condón proteja al 100%... un amigo mío llevaba uno y lo atropelló un autobús…”.
Pero, en fin, no querría dar argumentos a los de la “abstención” para que nos justifiquen el que no salgamos a la calle por miedo a que nos atropelle el de la línea 2.
Valérie Tasso
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