En este día se conmemora, desde hace más de 100 años, la lucha de la mujer por la igualdad, en todos los ámbitos, con el hombre.
En 1964, Bob Dylan compuso el tema “The Times They Are A-Changing”. En EE UU hacía un año del asesinato de J. F. Kennedy, unos tres desde que se había comercializado la píldora anticonceptiva y faltaban cinco para los tres días de paz y música de Woodstock.
En Europa, se recogían los ecos de libertad sexual (la disociación, gracias a la pildorita, del binomio reproducción/sexo) y de igualdad de género (la autonomía femenina en el empleo de esa disociación), se aplicaban las teorías de “El segundo sexo” de Simone de Beauvoir y, en breve, tendríamos el “Mayo del 68” y “La primavera de Praga”.
En verdad parecía que las cosas estaban cambiando…
Hace apenas unas semanas del momento en el que escribo estas líneas, pronuncié en Avilés una conferencia sobre lo que he dado en llamar “El discurso normativo del sexo”. Al finalizar la charla se me acercó una pareja de “elevada” edad y nivel cultural. Me dijeron que tenían un gran interés por conocerme, pues seguían con asiduidad mis intervenciones y se maravillaban de que hoy en día se pudiera hablar de “esas cosas” de manera didáctica, con naturalidad y sin escándalo. Para ellos, el intentar comprender la condición sexual humana siempre había sido algo que despertaba enormemente su interés, pero sobre lo que nunca habían podido profundizar. “No se imagina usted, señorita Tasso, cómo han cambiado las cosas en los últimos cincuenta años”, me dijo el caballero en un tono cordial y extremadamente educado.
¿Es así?, me pregunto, ¿tanto ha cambiado la concepción del hecho sexual humano en las cinco últimas décadas?
Los cambios más evidentes se han producido (especialmente en este país que ha pasado, en lo que tarda en caer una piedra al agua de un pozo, del nacional catolicismo a un laicismo de estado federal) en lo que podríamos llamar “la exposición del hecho sexual”. Antes, no se podía hablar de sexo, ahora sí. ¿Y?... Naturalmente, se me dirá, el poder hablar de algo normaliza ese algo, le da condición de aceptado. Sí, ¿y?...
Cuando a la sociedad algo le preocupa, puede optar por dos fórmulas para acallarlo: La primera consiste en ocultar el tema conflictivo y “afectarse” en la actitud (mantener las formas como si ese tema no fuera con nosotros). Esa fue la estrategia empleada en, por ejemplo, la Inglaterra Victoriana del XIX y en la España desde principios de los cuarenta hasta mediados de los setenta. El sistema, por intuitivo, es eficaz, pero tiene un gran inconveniente: permite la sublimación de lo oculto. Cuando reprimimos algo consustancial a nosotros mismos, inmediatamente lo sublimamos (lo hacemos mucho más trascendente de lo que es) y canalizamos esa sublimación de forma perversa (perversa porque pervierte los valores establecidos). Así sucedió en la época victoriana (donde, por ejemplo aparecieron más elementos y prácticas “extrañas” por metro cuadrado que fábricas textiles).
La segunda fórmula de control social, menos intuitiva pero más eficaz, pues evita la generación de ese estado de sublimación y la subsiguiente obsesión, consiste en permitir la sobre exposición de ese tema, el charloteo continuo, la exposición permanente y el espectáculo infatigable de eso que ya no se oculta sino que “no se debe en ningún caso ocultar”. La única condición para que esta segunda estrategia se pueda poner en marcha es la superficialidad; que el discurso que se repite sin parar por todos y para todos sea superficial, no cuestione y no profundice.
Este cambio de estrategia, de la primera a la segunda, es el que personalmente creo que más ha variado nuestra relación para con nuestra condición de seres sexuados en los últimos cincuenta años.
¿Ha permitido eso que comprendamos mejor el sexo? En mi opinión, no, rotundamente no.
Con relación al conocimiento, seguimos siendo vencidos, los que atendemos las dudas de personas, por el alud de estupideces, sin sentidos y tópicos que se difunden como armas de destrucción masiva entre los ciudadanos de todas las edades y condición (las mismas dudas, consultas y miedos, si no más estúpidos, que las que hubiera recibido, de haber existido, un terapeuta sexual hace cinco siglos).
Con relación a la consideración moral paritaria hombre/mujer del uso de su libertad en la manifestación sexual, pocos pasos hemos dados. Si tienen ustedes un hijo varón en edad escolar posiblemente les enorgullezca el que su hijo en temas sexuales sea considerado un “golfo” (y si a ustedes no demasiado, a él y a sus compañeros a buen seguro sí). Si por el contrario es su hija la que es considerada una golfa, les puedo asegurar que tan honorable título no le otorga un sobre mérito en su condición de persona.
Con relación al entendimiento de lo que es el sexo, los sexólogos seguimos peleando, como el Ingenioso Hidalgo con los molinos, por intentar romper la sinonimia entre el concepto sexo y la noción de “follar” (lo mismo por lo que se pegaban los sexólogos de hace cincuenta años) o por evitar la continua “problematización” del sexo que desde las charlatanas autoridades morales se sigue haciendo.
Antes se hacía de nuestro sometimiento el silencio, ahora se hace de nuestra libertad el mentidero. A eso me refiero.
A mediados de diciembre, se habrá subastado el manuscrito original de Bob Dylan con la letra de “The Times They Are A-Changing”. Seguro que quien lo compre habrá cantado más de una vez esa canción, y quizá la cantaba, allá por mediados de los sesenta, con la esperanza de que el propósito que encerraba hubiera sido el porvenir. Posiblemente el comprador llevaba patillas largas cuando la oyó por primera vez, y habitaba una comuna en Los Ángeles y leía a Kerouac, y ahora es un multimillonario canoso, miembro de algún lobby norteamericano y “un hombre aburrido con una mente aburrida”.
La pregunta es: ¿entenderá ahora la letra mejor que antes?
Valérie Tasso
www.valerietasso.com
13 de diciembre de 2010