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El continuo de los sexos

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El continuo de los sexos

El continuo de los sexos

Yo tenía un tío que desayunaba pan untado en vino. Zambullía la miga prensada de pan en un cuenco con vino tinto y, para mi espanto, se lo comía.

Llamamos “día” al tiempo que transcurre desde que el sol está en lo más alto del horizonte hasta que vuelve a estarlo. Astronómicamente, es el tiempo que tarda la tierra en dar una vuelta completa sobre su eje y que, por convenio, hemos establecido que equivale a 24 horas de 60 minutos y éstos de 60 segundos. En el día se da también la noche, pero al conjunto de ese lapso de tiempo que incluye la claridad y la oscuridad lo llamamos día y no noche.

Para nosotros los occidentales, tan dados a la dicotomía (bien/mal, salud/enfermedad, vida/muerte…) cuando es de día es de día y cuando es de noche es de noche. No es así para la sabiduría oriental que sabe (y digo sabe porque eso es saber) que el día contiene la noche y la noche contiene el día. “La noche empieza a mediodía” dice la máxima taoísta apoyada en el celebérrimo “taijitu”, el símbolo del ying y el yang, que más que un dibujo es una forma de entender el mundo.

Sin embargo, hasta para nosotros mismos hay dos momentos de ese día, el ocaso y el amanecer, en el que ambos se confunden, se observan y participan uno del otro. Este fenómeno astronómico tiene un equivalente en el género; es lo que llamamos la “transexualidad”.

La propia existencia de la transexualidad explica aquello que en sexología se conoce como el “continuo de los sexos”; la reflexión que explica que nunca somos géneros puros (hombres o mujeres) sino que lo femenino se compone de elementos masculinos y viceversa.

La transexualidad es un asunto que concierne a la identidad de los seres humanos. “El” o “la” transexual, dependiendo de cuál sea su identidad de género real, se encuentra “sometido” a un cuerpo sexuado que no corresponde con su verdadera identidad. No tiene nada que ver con su preferencia sexual (ser homosexual o heterosexual) ni con su inclinación por el uso de la indumentaria del género opuesto al suyo (ser una o un travestido) Un o una transexual puede, por tanto, ser homosexual o heterosexual y puede travestirse como hombre o mujer, del mismo modo que puede preferir el sushi al roast beef o los mocasines a las manoletinas. Son cosas distintas. Beatie espera su segundo hijo. Esto no pasaría de ser algo anecdótico (puede que alguna lectora se encuentre en su misma circunstancia) de no ser porque Beatie se llama Thomas y tiene barba. Thomas Beatie es un transexual (un hombre que nació en un cuerpo de mujer) heterosexual (su compañera es Nancy, una mujer) La particularidad de Beatie, y lo que le hace fascinante como ser humano, es que se sometió a un tratamiento hormonal (que le hizo, por ejemplo, que le saliera la barba) pero no se realizó una reasignación de sexo (conservó sus genitales femeninos).

Normalmente, el o la transexual, independientemente de que reasigne sus genitales (es decir, se intervenga quirúrgicamente para obtener los genitales del género que verdaderamente constituyen su identidad), lo que sí hace es repudiar esos genitales que generan en él un insalvable conflicto existencial. Conflicto interno producido, como la mayoría de los conflictos que nos asolan, desde el ojo social que todo lo mide y todo lo valora, y que sólo entiende de lo uno o de lo otro, pero nunca de ambos.

Pero lo más fascinante del ciudadano Thomas Beatie es que quiso como hombre ser hombre y como mujer experimentar la maternidad. Y vivir en el ocaso y en el amanecer y ser la noche de día y hacernos a todos un poco más comprensible que nuestras diferencias de género son más complementariedades que enfrentamientos. …Y para los que sólo quieren “Al pan, pan y al vino, vino”, mi tío.

Valerie Tasso

www.valerietasso.com 

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