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Hubo un tiempo en el que, en las películas, el malo era el mayordomo; empezaba la proyección y en cuanto entraba en escena el lacayo solícito, callado y vestido en negro, sabíamos quién era el de la cicuta en el vaso del señorito. Hoy en día, para anticipar quién es el culpable en un "thriller" made in USA, basta con fijarse en una cosa; no importa lo enrevesado, ingenioso o retorcido que sea el guión, si en algún momento de la trama aparece alguien con un pitillo encendido entre los labios; ese, indefectiblemente, será el malo.
Con el sexo sucede algo parecido; la culpa y la alarma surgen en cuanto aparece el término "sexual" como adjetivo, colgado, humeante, en los labios de algún sustantivo. "Delito sexual" o "enfermedad de transmisión sexual" sirven de ejemplo de unas expresiones en las que nos quedan muy pocas dudas sobre quién es el culpable del delito o de la enfermedad. Pero el sexo, al igual que el oficio de mayordomo o la apetencia de inhalar el humo de cigarrillos, no son en sí mismas circunstancias que impriman la culpabilidad. Es por eso, y con relación a las llamadas "enfermedades de transmisión sexual" que siempre me ha parecido mucha más afortunado concederle un voto de confianza (cuando no absolutorio) al sexo y hablar propiamente de "enfermedades de transmisión genital" para aquellas dolencias que se pueden transmitir a través del contacto de los genitales (que, aunque parezca mentira, no siempre se produce durante el uso del sexo).
Este breve y aclaratorio preámbulo me lo sugieren las múltiples y recientes noticias que sobre las vacunaciones contra el virus del papiloma humano se están produciendo. El VPH (o HPV en su acrónimo inglés) es un amplio grupo de virus que operan de manera asintomática en los hombres y que en las mujeres puede provocar diversas lesiones de variada importancia en el área anogenital. En las mujeres receptoras del VPH, la también frecuente falta de sintomalogía específica hace que su detección sólo se pueda realizar cuando el virus ha causado alguna alteración (no siempre este virus causa alteración alguna) a través de un rutinario examen ginecológico y la prueba de análisis especifica conocida con el nombre de "Papanicolau". Una vez detectada la lesión que puede haber producido el VPH, se puede medir su grado de importancia e intervenir, bien farmacológicamente o quirúrgicamente, para su erradicación.
Todo esto lo sé, no porque sea una persona muy leída, sino porque lo he vivido.
Volvemos al culpable. Y al miedo. El VPH es una "lesión de vida", quien vive está expuesto a él. El riesgo de su contagio se puede amortiguar realizando la vacunación que ahora se administra a las jovencitas y utilizando, durante las prácticas sexuales que impliquen contacto genital, el preservativo, igual que el cólera se puede evitar bebiendo agua envasada y la tuberculosis utilizando mascarillas (pero no dejando de beber o respirar... digo esto y sé yo porque lo digo).
Al VPH se le asocia fundamentalmente con el cáncer de útero. Asociar (por si alguien lo duda) no es equivaler. Lo digo porque los que hacen del miedo el nuevo (o el muy antiguo) plan de pedagogía parece que han encontrado en el bichito de las siglas un magnífico mensajero para sembrar el terror y para devolverle al sexo su condición de mayordomo que fuma compulsivamente en la película.
Causa más daño, en la gran mayoría de ocasiones, el miedo que se pasa al saber que se está afectada por una de estas lesiones que la propia lesión en sí. Esto es algo que los "productores" inagotables de miedo conocen perfectamente.
No banalicemos los peligros pero no hagamos del peligro, el peligro. El miedo es también una enfermedad contagiosa de efectos devastadores, que hay que saber utilizar para seguir vivos y no para desvivirnos.
Y todo esto lo sé, no porque sea una persona muy leída, sino porque soy una persona muy vivida.
Valérie Tasso
www.valerietasso.com