En este día se conmemora, desde hace más de 100 años, la lucha de la mujer por la igualdad, en todos los ámbitos, con el hombre.
Del agua decimos que es sustancia insípida, inodora e incolora cuya molécula está formada por dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno. Pero, ¿realmente “eso” es el agua? ¿Y por qué no esto otro que apuntó Vicente Aleixandre?: “El agua es lo mudable que nunca cambia”
Sin duda el agua es todo eso y mucho más. A través de las definiciones, todas ciertas, que hemos propuesto, lo que de verdad estamos haciendo es mostrar lo que de la sustancia “opinan” disciplinas como la química o la poesía. En definitiva cuando desde una de estas disciplinas, científica o humanista, hablamos del agua, de lo que en realidad estamos hablando es de química o de poesía; la química es aquello que define el agua de esa manera y la poesía la que lo hace de esa otra.
En nuestra conformación como seres sexuados que se “comportan” como tales (es decir, que tienen un comportamiento sexual acorde con su condición sexuada) sucede lo mismo. Un viejo dilema se apodera de nosotros cuando intentamos definir la realidad última del comportamiento sexual humano; el saber si nos conformamos “genéricamente” y actuamos sexualmente condicionados por nuestra conformación biológica (condicionada, por ejemplo, por una herencia genética) o si lo hacemos por nuestra adquisición cultural (condicionada, por ejemplo, por un medio humano de formación y desarrollo). Es decir, si somos hombres o mujeres por el hecho de nacer con determinados genitales y actuamos sexualmente como hombres y mujeres condicionados por procesos bioquímicos relacionados con el hecho de haber nacido en uno u otro género, o si el género y el comportamiento sexual son “construidos” socioculturalmente.
Los defensores de la primera opción (la de que la mujer o el hombre “nacen”) suelen estar formados o conducidos por genetistas, biólogos, bioquímicos y en general aquello que solemos llamar “científicos”. Para ellos es, por ejemplo, “natural” que la mujer tenga menos deseo sexual que el hombre porque así lo marca su naturaleza.
Los defensores de la segunda opción (la de que la mujer o el hombre “se hacen”) suelen estar afiliados a líneas de pensamiento de ciertos filósofos, sexólogos e intelectuales varios (principalmente del movimiento “Queer”) que están dentro de aquello que genéricamente llamamos “humanistas”. Para ellos, por ejemplo, en el caso improbable de que se pueda determinar que las mujeres sientan menos deseo sexual que los hombres, es sólo porque la sociedad y la cultura han condicionado y potenciado desde el nacimiento de ese ser humano un “ser” mujer u hombre y un “estar” femenino o masculino en el mundo y la sociedad.
Pero vuelvo a preguntar: ¿Es que lo uno excluye lo otro? ¿No será que, si bien somos individuos orgánicos sometidos a las exigencias de nuestra constitución, también somos seres culturales que se modelan dentro de las exigencias de una sociedad?
Evidentemente que si, por ejemplo, me río es porque he nacido con una conformación orgánica que permite eso tan humano de la risa y porque mis niveles bioquímicos de dopamina son los suficientes como para incitarme a la risa. Pero evidentemente también si desde niña han hecho de mí las instancias socioculturales (familia, religión, etc.) un ser que sólo ve la desgracia en todo cuanto le rodea, será imposible que ejercite mi conformación de ser “riente” y que ante un estímulo determinado mi respuesta “cultural” será por defecto la tristeza.
Creo, sinceramente, que en esta disputa nadie miente, y si es cierto que el agua se compone de moléculas con dos átomos de hidrógeno por uno de oxígeno, también lo es que el agua es “lo mudable que nunca cambia”. Del mismo modo, nuestro género y nuestro comportamiento sexual tienen una composición biológica y genética que se condiciona por una formación de criterios morales y de uso que nos aportan la cultura donde nos desarrollamos y el contacto social con los otros que conforman nuestra sociedad.
Tan claro lo veo, el que una y otra cosa nos conforman y llegan a ser lo mismo, que hasta me atrevería a anticipar que si esta polémica se mantiene es por un asunto corporativista en el que priman los intereses de ambos grupos por encima del objeto de investigación (la sexualidad humana).
La verdad es aquello que otorga el poder. Y aquí, como en el parlamento, lo que quizá se discuta realmente sea sólo sobre quién detenta la verdad, y por tanto puede imbuirse del poder sobre la sexualidad humana.
No sé a ustedes, pero a mí el razonar suele darme una sed terrible…voy a por agua, aquello que podríamos definir como “lo mudable de moléculas de dos átomos de hidrógeno por uno de oxígeno, que nunca cambia y que sacia mi sed”. ¿O no?
Valérie Tasso
www.valerietasso.com