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“Pero, ¿y las hijas?”

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MENTE > SEXOLOGíA > “PERO, ¿Y LAS HIJAS?”

“Pero, ¿y las hijas?”

“Pero, ¿y las hijas?”

Yo no tengo hijos.

Contaban de Rómulo, el legendario fundador de Roma, que no bebía vino. Ante el mal ejemplo que ello suponía para el interés de los viticultores, una comisión de este gremio solicitó audiencia para hacerle explícitas sus preocupaciones.

“Rómulo”, le dijeron, “si tú no bebes vino, la gente seguirá tu ejemplo y dejará de beber, lo que será la ruina de la incipiente Roma”.

Y cuentan que Rómulo les respondió:

“Yo bebo todo el vino que quiero, por tanto los demás no tienen más que seguir mi ejemplo”.

Así, y reconociendo que yo tampoco soy Rómulo, lo que viene a continuación no es una apología a la “apaternidad” o a la “amaternidad”, sino, muy al contrario, un reconocimiento, todo lo empático posible, a aquellos que se han atrevido a concebir una criatura.

A raíz de la publicación de “Antimanual de sexo”, fueron bastantes los padres que me manifestaron su inquietud por educar a sus hijos en un marco de “suave” revuelta hedonista como el que propugnaba mi escrito. Y yo los entendía perfectamente; preferimos más compartir amor que riesgos, y mientras más amor sentimos por quien nos acompaña, menos riesgos queremos que asuma. Nuestra inquietud aumenta, además, cuando volcamos ese amor sobre alguien desprotegido o dependiente de nosotros, y mientras más vulnerable o frágil consideremos ese ser querido más intentaremos evitarle penalidades. Es, además, más llevadera la responsabilidad de conducir una bici que un avión. Quizá por eso fueron muchos los padres que, con la mejor de las intenciones, asumían educar en materia sexual a sus hijos varones en la libertad (que equivale a la responsabilidad), sin los miedos, los desconocimientos y los sentimientos de culpa que ellos, como progenitores habían padecido, pero, ¿y las hijas?…Eso les resultaba mucho más complicado.

Las mujeres, como organismo y como construcción cultural, somos, frente a los riesgos que comporta el ejercicio de la condición humana de ser sexuado, más frágiles. Eso es cierto; moralmente, nuestro sistema patriarcal de comprensión del hecho sexual nos debilita, haciendo que nuestra “maquinaria sexual” nos resulte mucho más difícil de descubrir y mucho más difícil de asumir con la naturalidad debida. La culpa por haber hecho un uso libre de nuestra sexualidad nos ronda mucho más a nosotras que a ellos. Orgánicamente, y debido fundamentalmente a esa “razón del patriarca” que dicta que el coito es la práctica final del sexo, los genitales femeninos se exponen más, en una interacción con penetración, que los masculinos. Somos más propensas a adquirir (al ser mucho mayor la superficie de contacto de una vagina que la de un pene) infecciones de transmisión genital, algunas de las cuales, como el VPH, son inocuas y asintomáticas en los varones, cosa que no sucede así en nosotras. También orgánicamente, es en nuestro cuerpo donde se desarrolla la gestación, por lo que el riesgo físico y anímico de un embarazo no deseado es especialmente doloroso y problemático en nosotras. Socialmente, son todavía muchas las culturas (y por generosa no acabaré de excluir la nuestra) en las que la mujer es todavía un ser subsidiario del varón, lo que provoca una indefensión social a la hora de poder actuar con libertad en la prevención de los citados riesgos.

Todo esto que digo, cualquier niña, sólo por ser niña, lo sabe. Un bombero, por ejemplo, es un individuo que por su trabajo asume más riesgos en su vida que, por ejemplo, un corredor de seguros, pero ello no implica que el bombero tenga que ser un individuo más temeroso que el oficinista. Del mismo modo, en la formación del bombero, no hay que incidir de manera especial en magnificar los peligros a los que se va a enfrentar, sino en facilitarle la comprensión de los conocimientos inherentes a su “condición” de bombero y en valorar su capacidad de decisión, su seguridad y su arrojo. Por encima de profesión, igual que por encima de género, somos seres humanos y con la misma actitud con la que afrontemos la “problemática” de nuestra naturaleza sexuada, afrontaremos el resto de circunstancias. Niños y niñas, padres y madres, bomberos y oficinistas.

Yo no tengo hijos.

Y me resulta peor que no tenerlos el hecho de conocer el motivo del porqué no los tengo: el miedo. Miedo a su infelicidad, miedo a su inadaptación, miedo a su desconcierto, miedo a que participen de la condición trágica y miedo a mi incapacidad para permitirles superar el miedo. Así que comparto, desgraciadamente para mí y aunque sólo sea en este terreno, ese sentimiento con los que se han atrevido con eso tan heroico de la descendencia.

Yo no tengo hijos… Aunque, tampoco los tuvo la loba que amamantó a Rómulo.

Valérie Tasso

www.valerietasso.com

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