Os presentamos un nuevo concurso para todos aquellos que queráis ganar el libro de la editorial OB STARE El nacimiento en la era del plástico, un libro del Dr. Michel Odent sobre cómo el plástico ha re...
Decía Jean-Jacques Rousseau que la juventud era el tiempo de prepararse para la sabiduría y que la vejez era el tiempo de practicarla.
Para que la afirmación del ilustrado Rousseau pueda ser real, hace falta una condición que no contempla la cita; que permitamos al sabio ejercer su sabiduría. Nuestro ámbito social, cultural y estético debe facilitar un marco libre de tópicos y de prejuicios en el que la vejez pueda "practicar" su sabiduría.
El ser humano lo es, esto no es tan obvio como parece, desde que nace hasta que muere. La condición de "humanidad" en una persona no entiende de calendarios, de edades, de arrugas o de tipos de calzado y como seres humanos, somos, ineludible e indefectiblemente, lenguaje y sexo. El lenguaje nos permite no sólo comunicar sino, fundamentalmente, entender y es consustancial a nosotros independientemente de que existan dificultades concretas en un individuo en su capacidad de expresión. El sexo, del mismo modo, independientemente de cómo lo empleemos, en qué medida, con qué o con quién y para qué fin, también nos constituye en lo que somos; entidades sexuadas.
Sin embargo, el marco normativo de nuestra sexualidad es exclusivamente "adultista". Está pensado, hecho y aprobado, para esos seres humanos reproductivos que saben gestionarse con esperma y óvulos. Sin duda, porque el marco normativo confunde "sexo" con "interacción sexual" e "interacción sexual" con "coito". Para ese pobre marco, redactado, como la mayoría de los marcos, por oscurantistas, moralistas y censores, el sexo es, con perdón, "meterla", que es tan pobre como decir que el lenguaje es, por ejemplo, "insultar".
Naturalmente, si esas son las medidas del terreno de juego, ni niños ni ancianos están legitimados para jugar en él. Hacemos de los niños seres inmaculados (como si el sexo sólo supiera de máculas) y de los ancianos seres sin deseo (como si el deseo sólo se manifestara en acrobacias pélvicas) y los desterramos a la inhumanidad (a través de la emasculación de su condición de sexuados).
La menopausia, en las mujeres, y la andropausia, en los varones, son procesos fisiológicos derivados de la evolución vital. En la mujer, se manifiestan por una pérdida de la menstruación y opera a través de la subsiguiente alteración hormonal, fundamentalmente por la producción irregular de unas hormonas concretas llamadas estrógenos (conviene recordar que el "estro" es como se denomina al periodo de "celo" que experimentan los animales). Derivadas de esta alteración hormonal, se producen algunas sintomatologías físicas que afectan en mayor o menor medida al aparato genital femenino; mayor sequedad vaginal, estrechamiento de la parte posterior de la vagina y del cuello del útero, menor elasticidad en ese conducto, etcétera. En los hombres, la andropausia puede provocar alteraciones prostáticas, dificultades en la erección, etcétera. En las mujeres supone el climaterio; el fin de su periodo vital de fertilidad y en los hombres no necesariamente. Ambos, y siguiendo el modelo impuesto, abandonan la edad adulta y entran en la senectud.
Nada de lo que conlleva este proceso limita, impide o elimina la capacidad de seguir operando como un ser sexuado, ni tampoco la interrelación sexual, si es lo que se desea. Lo contrario se lo pueden creer los "redactores de marcos", pero sería una lástima que se lo creyeran las personas.
Mientras existan cerebro y pensamiento, existirá sexualidad, porque es allí donde reside. Independientemente de que nuestro marco sexual (como nuestro marco económico) sea vocacionalmente "productivo" y crea que producir, es construir cosas.
Dejemos de creer que, como dice el mal chiste, "los ancianos follan poco y joden mucho" y parémonos a reflexionar sobre qué es follar y sobre quién es el que jode.
Valérie Tasso
www.valerietasso.com