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Sexo tras el parto o cuando ponemos a parir el sexo

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Sexo tras el parto o cuando ponemos a parir el sexo

Sexo tras el parto o cuando ponemos a parir el sexo

Creo recordar que fue Ortega y Gasset el que, intentando explicarse el porqué las mujeres no solíamos conseguir la misma notoriedad que los varones en áreas como la filosofía, las artes o el ajedrez, enunció aquello de las “distracciones vitales”. Para él, y sigo apoyándome en la memoria, la mujer era un ser humano al que la vida solía “distraer” demasiado cómo para ocuparse de tareas que requieren de una atención perpetua y continuada. Entre esas distracciones que formaban parte de la “circunstancia” existencial de los individuos femeninos, destacaba una; la maternidad.
 



Posiblemente, si en tiempos de Don José, la biología hubiera tenido el peso que le otorgamos ahora en los dictados de la razón última de los humanos, el propio Ortega y Gasset también hubiera hablado de “distracciones hormonales”. A las mujeres, otro gran descubrimiento de la “verdad biológica”, los juegos y composiciones hormonales nos bailan al son de su tambor más que a los hombres (baste recordar las alteraciones de concentración, ánimo y energía que nos suele producir, por ejemplo, el síndrome premenstrual)
Independientemente de esta segunda observación, una cosa es cierta; la maternidad es más absorbente que un papel de cuatro capas. Exige de nosotras una implicación tremenda, una dedicación exhaustiva y una orientación vital excluyente. El hecho de ser madres nos gira la mirada (como un guantazo, o un beso) hacia un único punto; el recién nacido. Eso, qué duda cabe y dándole la razón al bueno de Don José, no facilita precisamente el que podamos estar diez horas al día tocando el arpa o pensado en el gambito de dama.
Pero esa feliz “distracción” no sólo afecta nuestras circunstancias existenciales, no, también altera nuestra propia condición de mujer. La maternidad nos hace madres, y eso, que parece de Perogrullo, nos convierte también en seres renunciantes a las demás condiciones femeninas que los roles sociales y los mecanismos culturales nos han impuesto, en especial al de la amante; cuando la navaja suiza en la que nos ha convertido la sociedad saca la cuchilla de madre, cierra casi indefectiblemente la hoja de amante. Es muy difícil, cualquiera que haya empleado en alguna ocasión una de esas navajitas con el escudo suizo lo sabe, usar el destornillador, cuando las tijeritas están abiertas o limar algo cuando la sierra bloquea el lateral de la lima. Si queremos ser operativas, primero hay que replegar una utilidad para después extraer la otra y emplearla. Aunque triste sea el don que se adquiere renunciando a otro.
Lo que nos sucede a muchas mujeres es que “olvidamos” que no emplear el sacacorchos no es haberlo perdido (sólo replegado) y que nuestra condición de mujeres nos permite “utilidades” como las de madres, esposas, abuelas, ejecutivas o amantes, sin que una elimine las otras. Además, todos y cada uno de esos componentes de nuestra condición nos hace tan mujeres como el otro (eso, tampoco conviene que lo olviden aquellos que creen que una mujer sólo se realiza en la maternidad)
El sexo es tan frágil como una tempestad. Cualquier cambio de presión lo puede desactivar e impedir que la humedad condense en el deseo y se precipite, pero no debemos olvidar que mientras exista agua se puede provocar una tempestad. Sólo hay que conseguir o permitir que las circunstancias oportunas aparezcan. De nosotras depende, especialmente dentro de la pareja, no confundir el día soleado con la sequía, no creer que el sexo ha cumplido toda su función sublime con la maternidad y saber repartir atención hacia esos tres seres que de manera distinta nos reclaman; el hijo como madre, el padre como amante y nosotras como nosotras.
Un día me llamó mucho la atención la imagen del ciclista Miguel Indurain, tras una etapa demoledora en los Alpes, siendo ayudado por sus asistentes para subir los tres escalones del hotel. Pensé que estaría agotado y que el Tour había acabado para él, pero no era así. Era sólo que los músculos de las piernas, después de siete horas subiendo montañas, no pueden subir escaleras. Dentro de la pareja hay que entender eso, y después, sin prisa, pero sin renuncias, volver a recobrar el placer de montar en bicicleta, sin creer que por coronar el Tourmalet tenemos que tirar la bici por el precipicio o que las escaleras se han hecho sólo para poner a parir a los arquitectos.

Valérie Tasso
www.valerietasso.com
 

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