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Cuando nos referimos a la piel, frecuentemente pensamos que se trata básicamente de una estructura cuya función es la de cubrir y proteger nuestros músculos y órganos internos. En realidad la piel es un órgano, el más grande de nuestro organismo, que llega a cubrir una superficie de entre 1,6 a 1,9 metros cuadrados. Además no está distribuida de forma homogénea, sino que tiene zonas más finas como los párpados y otras en las que alcanza un grosor considerable como en las palmas de las manos y las plantas de los pies.
¿Cuáles son las funciones principales de la piel?
La función primordial de la piel es la de actuar como barrera entre el medio interno y el exterior. De este modo además de evitar la pérdida de agua, impide la entrada de microorganismos o el contacto de otros cuerpos o sustancias sobre los tejidos u órganos internos. Además contiene células específicas con funciones inmunológicas.
La piel, además, alberga los receptores de la sensibilidad. A través de ella podemos percibir la sensación térmica y así evitar posibles lesiones a causa de las temperaturas extremas. También percibimos el tacto, importante para cuantificar la presión y, a través de ella, sensaciones dolorosas o placenteras.
La regulación de la temperatura corporal también se produce a través de unos elementos minúsculos presentes en la piel como las glándulas sudoríparas y capilares sanguíneos, que a través del sudor y la contracción-dilatación, permiten eliminar o conservar el calor.
¿Es la piel una capa homogénea?
A simple vista podemos pensar que forma un conjunto definido de células idénticas, pero la visión al microscopio de un corte de la piel nos da una visión totalmente diferente. Claramente distinguimos tres capas diferentes:
Propiedades de la piel
Independientemente de las funciones específicas de la piel, su complejidad anatómica le confiere unas propiedades plásticas indispensables para la correcta movilidad de nuestro organismo. Nos referimos a la extensibilidad, o capacidad para distenderse o estirarse y la elasticidad, o capacidad para recuperar su forma original tras la distensión.
¿Es necesario cuidar la piel?
Al igual que el resto de nuestro organismo, la piel envejece y, a diferencia de otros órganos, cualquier alteración que se produzca, ya sea arrugas, flaccidez o sequedad, es perceptible a la vista. Desde la infancia, la piel está expuesta a todas las agresiones externas y tiene por ello que regenerarse con frecuencia. Independientemente del proceso de envejecimiento cronológico, existen etapas o situaciones en la vida en las que la piel está sometida a agresiones intensas que suelen dejar marcas prematuras como las estrías del embarazo, arrugas por una exposición extrema a los agentes ambientales como el sol, viento, frio, etc.
Considerando todos estos aspectos, es obvio que la piel requiere unos cuidados que le permitan afrontar el estrés ambiental, ya sea de origen físico o químico. Independientemente de los productos dermocosméticos adecuados a los diferentes tipos de pieles y ambientes, no hay que olvidar que el cuidado de la piel empieza por aspectos tan básicos como una correcta ingesta de líquidos, alimentación saludable rica en frutas, verduras y grasas esenciales omega 6 y 3 en las proporciones adecuadas, etc.
En números posteriores abordaremos aspectos más específicos sobre ciertas alteraciones que afectan a la piel de la mujer en diferentes etapas de la vida.